
Una joyita de ahora. Un álbum heterogéneo, bordenado los cauces, pero compacto, redondo. Magia compleja que estalla en fogonazos de factura impecable como "Kids" o "Time to pretend". Suena a Prince, suena a Beck, suena a disco cool pero también a macrofestival de pop-rock. Un nuevo camino mirando hacia atrás. Y he aquí el problema: un nuevo hippisimo de corte manufacturado listo para el consumo de las masas y del individuo. Esos mechones tan bien arreglados, esa pintura en la cara, ese abigarramiento de colores y prendas tan bien escogidas, los deshilvanados tan perfectos... me ponen enfermo. Qué razón tenía Houellebecq en aquellas páginas de Plataforma
La experiencia final no podría ser otra:

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