
De manera distinta a como en otros tiempos la palabra escuchada o luego leída, el tiempo en que vivimos está sancionado por la imagen. Los iconos señalan espacios, marcan valores, esclavizan las palabras, condicionan la conducta, recortan pensamientos, determinan una vida. La publicidad, el marketing, el mundo de la industria de la imagen ha sido hasta el momento la más dañina invención del hombre para el hombre.
Volverse contra la imagen no significa renunciar a la belleza que sólo puede ser visible, nunca mediante palabra plenamente evocada. Volverse contra la imagen supone tomar distancia frente a los iconos de los otros, las imágenes que nosotros no acuñamos y que, no obstante, día a día, segundo a segundo, heredamos. Volverse contra la imagen supone no renunciar a la posibilidad de que las imágenes de los otros no moldeen nuestra vida, liberar a las imágenes de la cáscara en que los otros la colocan, en los moldes del puro tránsito del intercambio comercial.
Volverse contra la imagen, liberar las imágenes existentes, producir nuevas imágenes cargadas (estas sí) de sentido supone restaurar la belleza, salvar nuestro tiempo, curar nuestras vidas.

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