domingo, 30 de agosto de 2009

Experimento estético




Tomemos un film de la industria cultural hoy en día. Sus imágenes, sus iconos, sus símbolos, su mitología, sus valores, su comprensión de lo que es la vida, su concepción de la estética inunda las ciudades en que habitamos, llenan los espacios de las calles, perviven en la televisión durante semanas y de este modo determinan nuestra comprensión de la belleza, del amor, de lo social, moldean nuestra mente. Las ideas que poseemos desde nuestra más tierna infancia están pasadas por el tamiz de lo virtual, de lo fímico, del producto televisivo y publicitario. Nuestras consideraciones adultas sobre el mundo poseen la forma del formato del telediario. ¿Quién puede decir que desde su temprana adolescencia no ha estado enamorad@ secreta, irracional, estúpidamente de un actor o una actriz, un(a) cantante, un jugador, un(a) presentador(a)?¿Quién puede negar que hemos olvidado aquella fascinación esquizofrénica de nuestra adolescencia por las imágenes modernas sólo para sustituirla por una fascinación adulta (léase autoconsciente) que ocultamos ante extraños con pudor y ante amigos revelamos con alegría infantil?¿Acaso podemos seguir negando sus sigilosas influencias?
Quisiera ser una estrella del rock, quisiera ser actriz, quisera ser jugador de fútbol, quisiera ser presentadora de televisión, quisiera ser modelo, quisiera ser un empresario de Wall street, quisiera ser diseñadora on top, quisiera ser creativo publicitario, quisiera ser James Dean en Rebelde sin causa o Audrey Hepburn en Desayuno con diamantes, quisiera ser Bonny & Clide.
En la sociedad pletórica de mercado, el mercado de la imagen invade el espacio, marca el horizonte mental de las masas y del individuo. ¿Cómo escapar? Pregunta errónea: no se puede escapar al formato. La única salvación es una redención: la apropiación de las imágenes ajenas, el derribo del sentido de los otros, la deconstrucción de lo virtual.

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